El status de “tamé” טָמֵא, ¿indica inferioridad espiritual?

Publicado: 31 diciembre, 2014 en Mujer

Cuando empezamos a estudiar el judaísmo siempre surge el problema de cómo traducir las palabras hebreas. Muchas de ellas no tienen una definición precisa en castellano porque explican ideas espirituales sin parangón en la cultura de habla castellana.

Ese es el caso precisamente de las palabras “tahará” טָהֳרָה y “tumá” טָמְאָה. Que generalmente se traducen como “pureza” e “impureza”. Y aquí reside la esencia misma del problema.

En la lengua castellana la palabra “puro” indica que algo es perfectamente limpio, sin falta, sin contaminación o inocente. Y si miras la palabra “impuro” en un diccionario de sinónimos encontrarás “contaminado”, “corrupto”, “manchado” y “sucio”.

Si recuerdas por ejemplo la publicidad de los Zumos Don Simón ves como dice “100% puro zumo de fruta”. Lo que indica que ese zumo es prácticamente perfecto. Sólo contiene un porcentaje pequeñísimo de ingredientes no deseados.

Por eso, es por lo que tantos creen que “tamé” טָמֵא significa “espiritualmente indeseable” o “sucio”. Y por extensión tantas mujeres se imaginan que las leyes de nidá y de la condición halájica de “tumá” טָמְאָה son la clara manifestación de la actitud negativa de la Torá hacia las mujeres.

El prejuicio anterior acompañado de la creencia de que “tumá” טָמְאָה se aplica sólo a las mujeres y a la sexualidad han creado en algunos la impresión de que el judaísmo discrimina a las mujeres y considera la sexualidad como algo “sucio”.

Nada más alejado de la realidad.

Los conceptos castellanos de “puro” e “impuro” no tienen absolutamente nada que ver con los conceptos judíos de “tumá” טָמְאָה y “tahará” טָהֳרָה. La única forma de rectificar este error de concepto es saber que las palabras “tumá” טָמְאָה y “tahará” טָהֳרָה son conceptos espirituales que no tienen traducción o paralelo alguno en la lengua castellana. No intentes buscar su definición en una sola palabra.

Se debe explicar el concepto entero tal y como se entiende en el judaísmo.

El principio central del judaísmo es que Dios es Uno y Único. Absolutamente Uno. Y no hay otra fuerza o poder que exista independientemente de Él.

El hombre tiene una lucha constante en este mundo – ejerciendo su libre albedrío – eligiendo entre moverse hacia Dios y la realidad o alejarse de Dios hacia la ilusión y el vacío.

Y a esto lo llamamos escoger entre el “bien” y el “mal”. Cuando el hombre actúa acercándose a Dios está escogiendo el “bien”. Cuándo actúa alejándose de Dios está escogiendo el “mal”. Rambam, “Moré nebujím”, parte 3. Capítulo 23.

El “mal” por sí mismo no tiene realidad alguna. Es la ausencia de lo bueno, o la falta de una clara manifestación de Dios. La existencia de Dios puede sernos manifiesta y clara o estar escondida, como si estuviese velada.

A la presencia clara de Dios la llamamos “tahará” טָהֳרָה. Al estado en el que la manifestación de Dios está escondida se le llama “tumá” טָמְאָה.

O dicho de otra forma “tumá” טָמְאָה en realidad es un vacío de “tahará” טָהֳרָה.

El estado de “tumá” טָמְאָה puede darse en los varones, las mujeres o en los demás animales. Cuando la presencia de Dios – la neshamá o la vida – abandona a las personas o los animales ese cuerpo se hace “tamé” טָמֵא.

Por lo tanto el mayor grado de “vacío de tahará טָהֳרָה” es un cadáver.

Volvamos por un instante al concepto castellano de “tumá” טָמְאָה o “espiritualmente indeseable” o “sucio”.

¿Qué crees que sería más “espiritualmente sucio” un cadáver de un perro o de una persona?

La mayoría de los lectores seguro que piensan que el perro es el más “sucio espiritualmente”, porque es una forma de existencia más baja que un ser humano.

Falso.

Precisamente la respuesta correcta es todo lo contrario, el cadáver de un ser humano contiene un grado de “tumá” טָמְאָה muchísimo mayor.

¿Por qué?

Porque cuando la persona está viva y su cuerpo habitado por su neshamá es una clara manifestación de la presencia de Dios. La presencia de Dios es mucho más acusada en el hombre que en un animal. Por lo tanto cuando la neshamá parte, deja detrás un vacío mayor de “tahará” טָהֳרָה, o una “tumá” טָמְאָה mucho más fuerte, que la de un animal.

El siguiente grado de “tumá” טָמְאָה es una ioledet: una mujer que ha dado a luz. La razón por la que es “tamé” טָמֵא es debido al vacío espiritual que causa la salida del niño, de la vida extra que llevaba dentro.

Es interesante recalcar que si la mujer da a luz a una niña su estado de “tumá” טָמְאָה es el doble que cuando da a luz a un niño. Eso es porque la presencia de un feto femenino le daba un estado mayor de “tahará” טָהֳרָה. El feto de una niña lleva en su interior el poder de dar la vida, una manifestación de la presencia divina mucho mayor que la de un niño varón. El parto de la niña por lo tanto es la marcha de una creación con un nivel más grande de “tahará” טָהֳרָה. Y esta marcha crea un mayor vacío espiritual. Por lo tanto la ioledet es “tamé” טָמֵא por un periodo de tiempo más largo.

El siguiente en los distintos grados de “tumá” טָמְאָה, después de la salida de la vida misma, es la pérdida de lo que podría haber sido una “vida potencial”. Y esta “tumá” טָמְאָה afecta tanto a los varones como a las mujeres.

Después de mantener relaciones sexuales los varones están en un estado de “tumá” טָמְאָה por la pérdida de los “bloques de construcción” de la vida. Las mujeres alcanzan este estado cuando menstrúan debido a la pérdida de la nueva vida que podrían haber albergado en su interior.

En resumen la “tumá” טָמְאָה es un concepto que describe la pérdida de vida o de la Presencia Divina. Y no es para nada la descripción de una supuesta inferioridad espiritual, impureza, suciedad o falta de limpieza.

Basado en las enseñanzas del Rabí Asher Resnick y traducido por B. Cotarelo Núñez.

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