Ama al extranjero

Publicado: 4 enero, 2015 en Judaísmo básico

Basado en las enseñanzas del rabino Joseph Telushkin incluidas en su libro “A Code of Jewish Ethics”. Traducido por B. Cotarelo Núñez

Mucha gente conoce estas dos de las tres leyes de la Torá que mandan amar: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19: 18) y “Ama a Dios tu Señor con todo tu corazón” (Deuteronomio 6: 5). Muchos menos se acuerdan de que en el mismo capítulo bíblico que nos manda amar al prójimo también nos manda que amemos al extranjero: “Cuando un extranjero resida en tu tierra, no debes hacerle mal. El extranjero que reside contigo debe ser para ti como uno de tus ciudadanos; debes amarlo como a ti mismo, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto: Yo soy el Señor tu Dios” (Levítico 19: 33- 34) *.

Hace más de un siglo, el filósofo judío alemán Hermann Cohen (1842- 1918) explicó que en ese mandamiento de amar al extranjero encontramos el comienzo de la verdadera religión: “El extranjero debía ser protegido, a pesar de no ser un miembro de la familia, del clan, de la misma religión, comunidad, o pueblo, simplemente porque era un ser humano. En el extranjero, el hombre descubrió su humanidad.”

En el mundo de hoy en día, ¿a quién se aplica esto? Tanto en Israel como en la diáspora esto se aplica a los residentes no judíos que viven en paz con sus vecinos judíos.

Esta ley se aplica con particular fuerza al no judío pobre, y políticamente débil: como la Torá nos recuerda, “ya que vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.” Al recordarnos lo difícil que fue vivir como extranjeros y esclavos en Egipto, la Torá nos exige que actuemos justa y misericordiosamente con aquellos que hoy en día precisamente ocupan las posiciones más desfavorecidas de la sociedad.

Por eso, es nuestra responsabilidad intentar asegurar que esas personas son tratadas con igualdad ante la ley. Como nos manda la Torá en el versículo mencionado anteriormente, “El extranjero que reside contigo debe ser para ti como uno de tus ciudadanos” (Levítico 19: 34; véase Éxodo 12: 49).

En la tradición bíblica, los extranjeros tienen una distinción única; ellos, junto con los Patriarcas (Deuteronomio 4: 37) son la única categoría de seres humanos que se identifican como teniendo el amor de Dios: “Y Dios ama al extranjero” (Deuteronomio 10: 18).

*La palabra bíblica para extranjero es “guer”. Siglos después de que la Torá fuese escrita, la palabra pasó a denotar “converso”, un uso que retiene hasta el día de hoy en hebreo moderno. Como consecuencia, empezando con el Talmud, muchos judíos asumen que el mandamiento bíblico de amar al “guer” y tratarlo con igualdad se refiere a los conversos. Pero, incuestionablemente, la intención de la Torá para esta ley era la de proteger al extranjero, no al converso, del maltrato. Porque si la Torá, al usar “guer” se estuviese refiriendo al converso, este versículo se podría leer como, “No maltratarás al converso ni lo oprimirás, porque vosotros fuisteis conversos en la tierra de Egipto” (Éxodo 22: 20- 21). La implicación de semejante lectura sería que nuestros ancestros se convirtieron a la religión egipcia; tal lectura sería, por supuesto, ridícula.

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