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En los Diez Mandamientos, el sexto, séptimo, octavo y noveno mandamientos prohíben malas acciones – asesinar, adulterio, robar y el perjurio. Después viene un mandamiento que prohíbe precisamente la raíz que lleva al asesinato, al adulterio, a robar y al perjurio. ¿Cuál es esa raíz? La raíz está en el último de los Diez Mandamientos: “no codiciarás nada de lo que pertenece a otros – ni sus esposas, ni su casa, ni sus sirvientes, ni sus animales, ni nada que les pertenezca.”

Para poder entender este mandamiento y su significancia única, lo primero que hay que entender es que es el único de los Diez Mandamientos que legisla el pensamiento. Todos los demás legislan el comportamiento. De hecho, de los 613 mandamientos en los Cinco Libros de Moisés, prácticamente ningún otro prohíbe pensamientos.

¿Por qué, entonces, los Diez Mandamientos incluyen una ley que prohíbe un pensamiento? Porque es la codicia la que tantas veces lleva a hacer el mal. O, dicho de otra forma, la codicia es lo que lleva a transgredir los cuatro mandamientos anteriores – asesinar, adulterar, robar y perjurar. Piensa en ello. ¿Por qué se hacen estas cosas? En la mayoría de los casos es por codiciar algo que pertenece a otra persona. Obviamente esa es la razón por la que la gente roba – los ladrones codician las propiedades de la víctima del robo. Pero es también la razón para muchos asesinatos. También la codicia es obviamente la razón para el adulterio – querer el esposo o esposa de otra persona. Acerca del perjurio – o “dar falso testimonio” en el lenguaje de los Diez Mandamientos – se hace para encubrir todos los crímenes anteriores causados por la codicia.

Pero aún hay más. Para entender como la codicia es el único pensamiento prohibido en los Diez Mandamientos y uno de los pocos pensamientos prohibidos en toda la Biblia, necesitamos entender qué es codiciar – e igualmente importante, lo que trae como consecuencia.

Codiciar es mucho más que “querer algo.” La verbo hebreo לחמד significa querer algo hasta el punto de arrebatarlo para hacerlo propio – algo que pertenece a otra persona. Hay que resaltar que hay dos elementos que operan en esto: “buscar poseer algo,” y que “pertenece a otra persona.” “Buscar poseer algo” no significa envidiar o en el caso del esposo o esposa de tu prójimo sentir lujuria por esa persona. Ni la envidia, ni los sentimientos de lujuria están prohibidos en los Diez Mandamientos. La envidia y la lujuria sin control por supuesto que pueden llevar a muy malos resultados (también son ambos psicológicamente y emocionalmente destructivos) pero ninguna es prohibida por los Diez Mandamientos. ¿Por qué? Porque no son lo mismo que la codicia. Es la codicia la que casi inevitablemente puede llevar al robo, al adulterio y a veces hasta al asesinato.

Intentaré explicarlo de otra manera distinta. El Décimo Mandamiento no prohíbe decir, “¡Vaya! Menuda casa – o coche o esposo o esposa – que tiene mi vecino (o vecina). Ojalá tuviese yo una casa así – o un coche o esposo o esposa.” Esto puede terminar siendo destructivo. Pero también puede ser finalmente constructivo. ¿Cómo? Puede estimularte a trabajar duro para mejorar tu vida y obtener una casa, un coche o una esposa o esposo como el de tu prójimo. Es sólo cuando quieres – y buscas tener en posesión – la casa, el coche o el esposo o esposa específico que pertenecen a otra persona cuando el mal sobreviene. Eso es lo que el Décimo Mandamiento prohíbe.

Por lo tanto uno de estos Diez Mandamientos, estas diez normas básicas para la vida feliz, debe ser que simplemente no podemos permitirnos codiciar lo que pertenece a nuestro prójimo. Lo que pertenece a otro debe ser considerado como sacrosanto. No debemos buscar la forma de poseer lo que pertenece a los demás. Porque de eso solo saldrá el mal.

Traducido y adaptado por B. Cotarelo Núñez de la obra original de Dennis Prager